Beato Felipe Rinaldi

Don-Rinaldi

«La palabra que más bien me hizo, fue cuando le dije que temía hacer cualquier día alguna de las mías, huyendo. Y él me respondió: “Y yo iría a cogerte”». Esta inmediata y afectuosa respuesta de don Pablo Albera, director de la casa salesiana de Génova Sampierdarena, al joven Felipe Rinaldi, de veintiún años, que estaba en el colegio para discernir su vocación, encierra una verdadera estrategia (la misma que usaba Don Bosco) en una situación espiritual que podría definirse así: por una parte no sentirse llamado y, por otra, continuar siendo llamado.

Nacido en Lu Monferrato (Alessandria) el 28 de mayo de 1856, octavo de nueve hijos, Felipe conoció a Don Bosco por primera vez, a la edad de cinco años, durante una de las tantas excursiones que el santo sacerdote hacía con sus jóvenes.

Su temperamento juvenil no era precisamente el que podría esperarse de un santo, pero Don Bosco supo descubrir en él un buen paño para hacer un buen educador. A los diez años ingresó en la casa salesiana de Mirabello para hacer sus estudios. Allí ve a Don Bosco dos veces e inmediatamente se siente amigo suyo. A raíz de un maltrato vuelve rápido a su casa, a donde, no obstante, le llegan cartas de parte del Santo de los jóvenes que le invitan a volver: «Las casas de Don Bosco siempre están abiertas para ti». Dirá a continuación: «Yo no tenía intención alguna de hacerme sacerdote». Pero Don Bosco pensaba de forma diferente. Lo va a encontrar en 1876. Felipe tiene ya veinte años y con una propuesta de matrimonio. Don Bosco lo conquista definitivamente para su causa. Confesará posteriormente don Rinaldi: «Mi opción recaía en Don Bosco… Había respondido a todas mis objeciones». Permanecerá todavía en la familia durante un año, preocupado por los estudios, debido al dolor de cabeza y por el ojo izquierdo enfermo. «¡Ven! —fue la última paciente invitación de Don Bosco—. El dolor de cabeza se te pasará y vista tendrás la suficiente para estudiar». Volviendo sobre todas las resistencias opuestas exclamará un día: «Hagan el Señor y la Virgen que, después de haber resistido tanto a la gracia en el pasado, no abuse de ella en lo porvenir». A la edad de veintiún años, Felipe Rinaldi, emprendió en Sampierdarena el camino de las vocaciones adultas. En 1880, después del noviciado, en manos del mismo Don Bosco, emitió los votos perpetuos. Cuando en el mes de diciembre de 1881, día de su ordenación sacerdotal, siente que Don Bosco le pregunta, casi como conclusión del largo período de discernimiento vocacional: «¿Y ahora estás contento?», responderá con filial emoción:
«¡Sí, si me tiene siempre consigo!».

De sus 49 años de sacerdocio, los veinte primeros lo veremos sucesivamente como director de Mathi Torinese, un colegio para vocaciones adultas, luego en Turín «San Juan Evangelista» y después en Barcelona-Sarriá en España. A los pocos días de la muerte de Don Bosco, don Rinaldi quiso confesarse con él y este, antes de absolverle, le dijo solamente esta palabra: «Meditación». En 1889 don Miguel Rua, primer sucesor de Don Bosco lo nombró director de Sarriá, en Barcelona, España, diciéndole: «Tendrás que resolver cuestiones muy delicadas». En tres años, con la oración, la mansedumbre y una presencia paterna y animadora entre los jóvenes y con la comunidad salesiana, levantó la obra. Se le nombró entonces Inspector de España y Portugal, contribuyendo de modo sorprendente al desarrollo de la Familia Salesiana en tierra ibérica, En solo nueve años, gracias también a la ayuda económica ofrecida por la noble dama venerable Dorotea de Chopitea, don Rinaldi fundó 16 nuevas casas.

Don Rua, después de una visita, quedó impresionado y, en seguida, en 1901, lo nombró Prefecto General de la Congregación. Don Rinaldi continuó trabajando con celo en el nuevo cargo, sin renunciar nunca a su ministerio sacerdotal. Desempeñó su nueva tarea de gobierno con prudencia, caridad e inteligencia durante veinte años. A la muerte de don Rua, en 1910, don Felipe Rinaldi fue reelegido Prefecto y Vicario de don Pablo Albera, nuevo Rector Mayor. En un cargo, aparentemente burocrático, realizó cosas memorables. Fue, sobre todo, un experto director de espíritu: se levantaba por la ma-
ñana muy temprano y, después de celebrar la santa Misa, iniciaba sus cinco horas de confesionario.

Los últimos nueve años lo verán en la dirección suprema de la Congregación; sucederá a don Pablo Albera el 24 de abril de 1922. Cuando fue nombrado director por vez primera, escribió a don Julio Barberis: «¡Yo director! ¿Pero no se dan cuenta de que es hacer que se arruinen los pobres jóvenes? Me asombro solo al pensarlo». Elegido Rector Mayor dirá: «Os aseguro que es para mí una gran mortificación, rogad al Señor para que no estropeemos lo que han hecho Don Bosco y sus sucesores». Adaptó el espíritu de Don Bosco a los nuevos tiempos y, en el cargo de Rector Mayor, puso de manifiesto principalmente sus dotes de padre y su riqueza de iniciativa: cuidado de las vocaciones, creación de centros de asistencia espiritual y social para las jóvenes obreras, guía y apoyo de las Hijas de María Auxiliadora, en un momento particular de su historia. Dio gran impulso a los Salesianos Cooperadores: instituyó la federación mundial de los antiguos alumnos y antiguas alumnas, dándoles un gran impulso organizativo. «Los antiguos alumnos —decía— son el fruto de nuestras fatigas. Nosotros, en nuestras casas, no trabajamos para que los jóvenes sean buenos solo mientras están con nosotros, sino para que sean buenos cristianos. Por lo mismo, la obra de los antiguos alumnos es obra de perseverancia. Nos hemos sacrificado por ellos y no debe perderse nuestro sacrificio». Trabajando con las celadoras de María Auxiliadora, intuyó y recorrió una vía que llevaba a actuar una nueva forma de vida consagrada en el mundo, que florecería después en el Instituto secular de las «Voluntarias de Don Bosco».

Su rectorado fue muy fecundo. La Congregación Salesiana se desarrolló prodigiosamente: de 4.788 miembros en 404 casas, a 8.836 en 644 casas, en una atmósfera en la que «se respiraba más el afecto de padre que la autoridad del Superior». El impulso que dio a las misiones salesianas fue enorme: fundó institutos misioneros, revistas y asociaciones, y durante su rectorado partieron por todo el mundo más de 1.800 Salesianos, cumpliéndose así la profecía de Don Bosco, que, habiéndole pedido, siendo novel sacerdote, ir a las misiones, le respondía: «Tú permanecerás aquí. A las misiones mandarás a otros». Realizó numerosos viajes por Italia y Europa. Desplegó un celo y una paternidad admirables, subrayando que la verdadera fisonomía de la Obra Salesiana no está tanto en los éxitos exteriores, cuanto en la profunda, serena y tranquila vida interior. Tradujo este su dinámico concepto de la espiritualidad y del trabajo en forma socialmente eficaz, pidiendo a Pío XI que le concediera la indulgencia el trabajo santificado. Maestro de vida espiritual, reanimó la vida interior de los Salesianos mostrando siempre una absoluta confianza en Dios y una ilimitada confianza en María Auxiliadora.

«Es verdad —atestiguó don Pedro Ricaldone, su sucesor— que con frecuencia su salud estaba quebrantada, pero logró recabar un bien extraordinario. Se ocupó con denuedo de la formación del personal con reuniones, visitas, escritos que hicieron que todos lo apreciasen y amasen». Fue un trabajador incansable. De muchísimas maneras y durante toda la vida, sin ahorrar fatigas, se entregó a incrementar entre los trabajadores y trabajadoras de toda clase las formas asociativas y las organizaciones de ahorro que finalizaron siempre en el crecimiento del sindicalismo cristiano y de las obras de previsión. Recomendó especialmente, a todos los Salesianos, la asistencia a los emigrantes, sin distinción de nacionalidad, acentuando en la caridad el máximo universalismo.

Entre los rostros de los santos Salesianos, lo que caracteriza al de don Rinaldi es la nota de la paternidad. Al ser nombrado director, a los 33 años, se había propuesto: «Caridad y comprensión con los hermanos. Soportando cualquier cosa que pueda sucederme». Como inspector dirá: «Seré padre. Evitaré los modales ásperos. Cuando vengan a hablar conmigo no les daré a entender que estoy cansado o que tengo prisa». Don Francesia, Salesiano de la primera generación, dirá de don Rinaldi: «Solo le falta la voz de Don Bosco. Todo lo demás lo tiene». Antes de morir, le colmará de alegría un acontecimiento: la beatificación de Don Bosco, el 2 de junio de 1929. Guiará a Roma una muchedumbre de 15.000 personas. Estaba a punto de comenzar las Bodas de Oro sacerdotales cuando se apagó serenamente el 5 de diciembre de 1931, mientras estaba leyendo la vida de don Rua. Sus restos reposan en la cripta de la basílica de María Auxiliadora en Turín.