Ponerse en el “lugar de los otros”

67b2107aeb6bf06b107962023fe1fd83_XL(ANS) En los últimos años el escenario mundial ha sido marcado por un clima de intolerancia generalizada, donde la violencia y la xenofobia han generado una cultura de división, por lo que en la vida cotidiana, con la familia, con los amigos, en asociaciones o grupos se experimenta; por un lado la necesidad de vivir relaciones auténticas y por el otro se constata una triste realidad de fatiga y de fracaso.

Casi por un proceso de imitación al mundo global, estos problemas generan en nosotros rutina y fatiga y que muchas veces provocan el fin de las relaciones. Se da la circunstancia de que nuestros mejores proyectos o nuestras mejores intenciones se ven frustrados por nuestros propios errores y nuestros límites personales.

En cualquier relación emocional, así como en un proyecto de comunidad, por lo general se dan situaciones de conflicto en el que se puede vislumbrar opiniones o puntos de vista diferentes. Un modelo de comportamiento virtuoso debe ser capaz de lograr la armonización de los puntos de vista a través de la tolerancia y de la apertura de mente.

El crecimiento y la consolidación de nuestros vínculos, requieren un esfuerzo constante, para que nuestras relaciones no se transformen en un viaje que se vuelva hostil, ni que oscurezcan la realidad que puede hacer imposible percibirla con realidad.

Una forma de romper este proceso entrópico es nuestra capacidad para ponerse “en lugar del otro” para comprender al otro. En las palabras del psiquiatra austríaco Alfred Adler: “Es necesario mirar a través de los ojos de los otros, escuchar con los oídos de los otros, y sentir con el corazón de los otros”.

Tener la capacidad de ponerse en “el lugar del otro” es un viaje que nace de un acto de valor, de fe, de amor, que nos ayuda a aprender a ser más tolerantes y comprensivos con los demás.

Aprender a ponerse en el “lugar de los otros”, muchas veces no solo puede indisponer a nuestros interlocutores, sino que puede crear rabia interior que nos aísla en un estado permanente de confrontación e irritación que a menudo acaba convirtiéndose en desánimo. El psicólogo Daniel Goleman escribe: “Si no existe empatía y eficaces relaciones personales, no importando cuánto seas inteligente o no, el hecho es que no se puede ir muy lejos en la vida”.

Un ejercicio concreto de este proceso es suspender el juicio hacia los demás, tratar de no juzgar superficialmente, sin antes analizar los diferentes puntos de vista o las razones de un determinado comportamiento.

Tratamos de ponernos en el lugar de los demás… y viviremos un mundo mejor.