Con María por una cultura de paz

_17_2_2229_Reproducimos la circular de mayo que ha escrito la Madre General a sus hermanas. Desde la Pagina Web de los Salesianos Cooperadores Felicitamos a las Hijas de María Auxiliadora que hoy celebran Santa María Domenica Mazzarello. Unidos en la oración.

Queridas hermanas,
la experiencia de la Fiesta de la Gratitud que vamos a celebrar a nivel mundial, abre el corazón a la gratitud por el don que el Señor nos ofrece de ser signos de su amor preventivo. Me están llegando numerosos gestos de solidaridad, en atención a las necesidades de las comunidades que trabajan en situaciones de riesgo, donde resplandece la riqueza del carisma salesiano con el testimonio de la vida en la misión educativa entre las jóvenes y los jóvenes más pobres.
Expreso un renovado GRACIAS a cada una de vosotras y a las comunidades educativas por esta participación y deseo que la comunión sea siempre más creíble y la fecundidad vocacional crezca, sobre todo, en calidad.
He dedicado un tiempo de oración y reflexión para obtener luz sobre el tema de esta circular y me he sentido animada a meditar con vosotras sobre María: Madre de la Vida, Mujer del diálogo, de la ternura, de la misericordia y, por lo tanto, Mujer de paz. Nos estamos preparando para vivir el mes de mayo a ella dedicado, con confianza nueva, en plena armonía con la celebración del 100º aniversario de las apariciones de María en Fátima, a donde el Papa Francisco viajará para celebrar este acontecimiento que sigue siendo un mensaje para todo el mundo. En unión con él pediremos a María que nos ayude a ser mujeres de paz, educadoras a la paz y disponibles a realizar gestos concretos de paz.
La familia humana está viviendo momentos difíciles; está herida en muchas zonas por formas de violencia sin precedentes que afectan a las personas más vulnerables, especialmente niños, jóvenes, familias, pobres, refugiados y migrantes. Es un momento que requiere gran valor y compromiso. Hay siempre, sin embargo, una buena noticia que acoger y es que la paz es posible, necesaria; es un derecho de todos. Se trata de la paz que Jesús vino a traer y esto nos motiva a ser artífices de paz, hoy, a través de gestos cotidianos, pequeños sacrificios, opciones concretas que modelan en nosotras un nuevo estilo de vida basado en la paz verdadera y duradera. Sobre todo nosotras, mujeres consagradas y educadoras, estamos llamadas a recorrer este camino con esperanza y confianza.
No solas, sino con María que ha dado vida a Jesús, Príncipe de la paz y con ella, buscarla con audacia evangélica en este momento histórico en el que, por desgracia, estamos viviendo una “tercera guerra mundial a pedazos”, como afirma el Papa Francisco.
Los puntos sobre los que quiero reflexionar nos llevan a las fuentes de la paz como don de Dios y como tarea. Resaltan la ejemplaridad de María que nos anima a construir comunidades de paz y, por último, nos estimulan a educarnos y educar a la paz. Queremos aprovechar este “viaje” con humildad, desarmando nuestro corazón, nuestros pensamientos de toda forma de violencia para dejar espacio a la paz. María nos acompaña en este camino. Con ella cada paso puede ser una respuesta positiva al proyecto de amor de Dios y a las esperanzas de todo el mundo.
La paz como don y como tarea
¡Shalom! Es el saludo hebreo del Mensajero celestial dirigido a una joven, María de Nazaret. Dios acercándose a la criatura humana trae el don de la paz. Esta, llena el corazón y el vientre de María. Dios la ha elegido para ser la Madre de Jesús, el Salvador del mundo, el Príncipe de la paz. Un don demasiado grande para ella, joven pobre y humilde de un pueblo perdido, que se limita simplemente a preguntar: “¿Cómo puede ser esto?” (Lc 1, 34)
María acoge la Paz, pero no permanece pasiva; entra en diálogo con el ángel que la tranquiliza: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).
Recibido el anuncio, María se pone en camino con prontitud. La paz que la habita no puede ser retenida. Siente inmediatamente en sí la necesidad de comunicarla. El esfuerzo no cuenta. Su prima anciana la necesita por un embarazo fuera de lo normal. María podrá hablarle de la alegría que siente en su corazón. Una misteriosa alegría, inesperada y sin embargo muy real. El fruto de la paz no puede mantenerse para sí, ni ser considerado un privilegio, debe ser compartido siempre.
La paz, que es Jesús, genera paz. Inicia así una cadena generadora de esperanza y de alegría para todo el mundo. Nada es obvio y simple en la vida de María. El Altísimo la preserva del mal y la hace bendita entre las mujeres, pero no la preserva de la “fatiga del corazón” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 17).
Cada día tiene que lidiar con el misterio. Simeón le hace intuir que el encuentro con Dios no significa que sea inmune al sufrimiento. El mismo Jesús, que vivió durante treinta años dócil y obediente, se escapa a una comprensión sólo humana, racional y emocional. Y su Madre afronta cada vez la fatiga del corazón. Ella, mujer de paz, libre de toda forma de violencia, debe hacerse “violencia” cuando Jesús dice: “¿Por qué me buscáis? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). O cuando en Caná le responde que aún no ha llegado su hora (cf. Jn 2, 4). Como también no le ahorra la puntualización de que su madre y sus hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (cf. Lc 8, 21). En otra parte se dice que los suyos estaban preocupados porque estaba como “fuera de sí” (Mc 3, 21). Jesús cada vez redimensiona las expectativas legítimas de la Madre, que se convierte en discípula del Hijo, hasta aceptar el intercambio con Juan cuando Jesús desde la cruz le dice: “Mujer, ¡ahí tienes a tu hijo!” (Jn 19, 26).
Es el máximo de las exigencias de Aquel que es la Paz. Jesús está presente en sus hermanos. Toda la humanidad ha sido salvada, redimida por Su sangre. Ni siquiera la Madre, que lo ha generado según la carne, puede presumir de privilegios, ya que el privilegio más grande es ser discípulos, para aprender a amar siempre, a amar a todos sin condiciones.
La paz que María recibió en la humilde casa de Nazaret es una tarea y una responsabilidad para todo discípulo de Cristo. La paz, por lo tanto, es desarmar el corazón, es pura disponibilidad a aprender cada día hasta dónde se puede amar. La paz es reconocer en el otro “uno que me pertenece” (Novo Millennio Ineunte, n. 43); es dejarse reconciliar cada día; es custodiar la Palabra y dejarse custodiar por ella. En fin, la paz es hacerse cargo de la humanidad por los caminos del mundo. Es una peregrinación interior que nos incomoda, que cuestiona nuestras certezas para abrirnos a lo inédito de Dios.
Esto ha hecho María: ha acogido y donado la paz, incluso superando las legítimas exigencias de una madre. El suyo ha sido un camino de disponibilidad total a partir del corazón.
El Papa Francisco, con claridad y gran confianza, señala este camino a toda la humanidad en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1 enero 2017). Os sugiero que lo consideréis como referencia y luz para ser, como él dice, “artesanos de paz”.
Nos preguntamos: ¿Cómo miramos a María, ejemplar modelo de Madre y discípula, abierta a las exigencias de la paz? ¿Vivimos la paz en la vida fraterna en comunidad? ¿Nos involucramos en la llamada a la paz como comunidades educativas y como educadoras de los jóvenes?
Fraternidad como camino hacia la paz
El sueño de Dios sobre toda la familia humana es la comunión, la paz. Este es el primer don del Resucitado: “Os dejo la paz, os doy mi paz. No como la da el mundo, yo os la doy a vosotros “(Jn 14, 27).
Queridas hermanas, antes de compartir algunos aspectos que considero esenciales para nuestra vida fraterna, recuerdo un evento muy importante para la Iglesia, para toda la humanidad. En 1967, hace exactamente cincuenta años, el Beato Papa Pablo VI entregaba, a toda persona de buena voluntad, la encíclica Populorum Progressio. Todavía hoy es de gran actualidad y de relevante profecía. Pero, lamentablemente, sigue siendo ignorada en muchos aspectos. Subrayo una afirmación incisiva que nos interpela como educadoras: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Es una afirmación que pone en movimiento nuestro sentido de responsabilidad a nivel personal, educativo, local y mundial.
Os invito, en la medida de lo posible, a tomar en mano este precioso documento y hacerlo objeto de reflexión. Descubriremos algunos elementos esenciales y urgentes tomados por el Papa Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017 que, como ya sabéis, tiene como tema: “La no violencia: estilo de una política para la paz.”
Todas deseamos la paz, pero la paz verdadera es aquella que Jesús vino a traer y que estamos llamadas a anunciar. Todas podemos ser misioneras de paz a través de un compromiso constante de reconciliación con Dios, con nosotras mismas, con cada persona y con la creación. Es maravilloso y al mismo tiempo comprometido, este camino que Jesús nos pide hoy. Hace comprender que ser “comunidades-laboratorios de paz”, no depende sólo de una habilidad humana, fruto de técnicas sofisticadas, sino del encuentro con Él que es nuestra paz y sólo en Él es posible. En este sentido, María es para nosotras un modelo al que mirar para dar pasos audaces, quizá contracorriente, de pacificación en lo concreto y en el realismo de lo cotidiano.
Cuántas hermanas, seglares – hombres y mujeres-, he encontrado en mis viajes que invocan la paz y aspiran a la no violencia como un valor urgente. En un tiempo tan problemático, la no violencia puede favorecer la inclusión de los más débiles, los olvidados, los explotados. Pero sólo si estamos cerca del Señor tendremos la fuerza de estar a su lado, consolarlos, sintiéndonos simplemente “un canal” que transmite lo que ha recibido de Dios; así nos convertimos en sembradoras de esperanza (cf. Audiencia general, 22 Marzo 2017). Si hay esperanza no puede estar ausente la paz.

La paz que María vivió exige ser acogida por personas pascuales, llenas de esperanza. Como FMA nos identificamos, en particular, con ella, Mujer de la resurrección, Mujer de corazón libre de toda forma de contaminación. Creo que es una tarea muy útil comprometernos en la ecología de las palabras, de los pensamientos, de los sentimientos, experimentando, así, la alegría de ser comunidad donde nos acogemos recíprocamente y cuidamos las unas de las otras. “Esta vocación, evidencia el Papa Francisco, es a menudo contrarrestada y desmentida por los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia” que nos hace “acostumbramos “lentamente al sufrimiento de los otros, cerrándonos en nosotras mismas” (Mensaje para la Día Mundial de la Paz 2014).
La fraternidad es camino a la paz. Esto exige condiciones sin las cuales todo es utopía, meta inalcanzable, aventura ilusoria.
La condición fundamental, raíz cualquier otra, es poner a Jesús en el centro de nuestra vida para ser, en humildad y credibilidad, personas de paz, comprometidas en eliminar las barreras que la podrían obstaculizar. Si no testimoniamos con la vida que Jesús es para nosotras el Absoluto y que en Él encontramos a todos nuestros hermanos y hermanas, corremos el peligro de anunciar y vivir intentos de fraternidad, pero no, ciertamente, aquella soñada por Dios. Poner a Jesús en el centro promueve una nueva forma de vivir juntas, basada sobre la fuerza de la fe y la profunda comunión con Él (cf. C 36).
Todas tenemos hambre del pan de la fraternidad. Nuestros problemas, que a veces provocan profundos sufrimientos personales y comunitarios, no siempre están relacionados con factores de organización o dificultades estructurales, sino con la fatiga de construir comunidades que encuentren su seguridad en Dios; “comunidades en salida”, ricas de fe, reconciliadas, capaces de perdonar “setenta veces siete”, disponibles a una gozosa donación gratuita.
Os comunico un sueño que me da esperanza y confianza: Pensar nuestras comunidades como lugares donde habita la paz, el perdón, donde se está dispuesta a compadecer fragilidades, debilidades, miedos y tibiezas con el corazón habitado por el Espíritu Santo y la solicitud materna de María. Soy consciente de que hay momentos de fatiga causada por diferencias de carácter, mentalidad, por los conflictos inevitables de una vida comunitaria. En toda realidad hay conflictos, pero el deseo de ser testigos de paz debe prevalecer siempre sobre el conflicto. Ciertamente, el conflicto no debe ser ignorado, sino afrontado, acogido y transformado en una oportunidad para considerar a la persona en su dignidad más profunda y abrir caminos de vida nueva (cf. Evangelii Gaudium, nn. 226-228). Este es un camino privilegiado para convertirse en constructores y constructoras de paz.
Cuanto nos sugiere el Papa Francisco es para nosotras motivo de reflexión personal y renovada alegría de vivir juntas con la certeza de que es posible, es más, urgente, convertirnos hoy en evangelios de paz. ¡Ayudémonos a ser dignas de este don!
En presencia de María, podemos hacernos una pregunta: ¿Qué actitudes personales y qué elecciones comunitarias vemos indispensables para ser hoy un evangelio de paz en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo? ¿Cómo responder con los jóvenes a este desafío?
Educarnos y educar a la paz
Deseo abrir la última parte de la circular citando las palabras del Papa Francisco, como si fueran dirigidas directamente a nosotras, comprometidas en educarnos y educar a la paz.
“Todos queremos la paz. Mucha gente la construye todos los días con pequeños gestos y muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de tantos intentos para construirla.
Durante estos años, he escrito expresamente a la comunidad mundial para pedirles invocar la paz. En este año 2017 queremos comprometernos, con la oración y la acción, para convertirnos en personas que han desterrado de sus corazones, sus palabras y sus gestos la violencia, y que  construyen comunidades no violentas capaces de cuidar la casa común. Nada es imposible si nos dirigimos a Dios en la oración. Todos podemos ser artesanos de la paz” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017).
Mi pensamiento se dirige a Valdocco y Mornese, donde el compromiso de educar al valor de la paz era un elemento esencial en la misión educativa, entendida como obra de misericordia en la que ofrecer a los jóvenes la certeza de que Dios los ama. El Sistema Preventivo está todo basado en la convicción que en cada joven existe al menos un punto accesible al bien, una cuerda para hacer vibrar, que abra su corazón a la bondad. Don Bosco estaba convencido de que era necesario partir de los jóvenes para regenerar la sociedad. Y deseaba que todas las mañanas se rezara por “la paz en casa”, convencido de que en la educación es necesario promover un clima adecuado para formar “buenos cristianos y honrados ciudadanos”. Él, de carácter pronto y por nada pacífico, aprendió de joven clérigo, el valor de la no violencia. “Tu fuerza, le dijo un día su amigo Comollo, me da miedo” (MB I 337). Don Bosco no olvidó la lección de este amigo apacible y humilde. Quiso ser un padre y amigo de todos los jóvenes y lo fue hasta el final de la vida.
También Madre Mazzarello debía hacerse violencia para controlar su impaciencia, pero comprendió que la forma más eficaz era cuidar las relaciones entre las hermanas y las jóvenes en un “clima familiar” animado por la presencia de María Auxiliadora. Reconocía que este clima era la base de las relaciones de serenidad y paz, presupuesto indispensable para favorecer la participación y la corresponsabilidad también entre las chicas.
Queridas hermanas, tenemos en María y en nuestros Fundadores testimonios creíbles de la paz, entendida como cultura de la no violencia y, en positivo, del amor donado y transmitido a los jóvenes. Siguiendo su ejemplo queremos ponernos en camino con el espíritu de los discípulos de Jesús que aprenden cada día a respetase en sus diferencias buscando, a pesar de todo, la unidad y la comunión.
Estamos llamadas a ponernos en camino con los jóvenes no sólo para enseñarles algo, sino para aprender de ellos. Estos, en general, son más libres de la tentación del “siempre se ha hecho así”. Nosotras podemos enseñarles algo, sólo si aprendemos a comprender la realidad en la que viven, como nos dijeron los seglares presentes en el CG XXIII. De este modo les ayudaremos a adquirir una mirada crítica sobre la cultura actual, a comunicarse sin violencia, a gestionar los conflictos; a perder sin vengarse y vencer sin aplastar (cf. Actas GC XXIII, n. 13).
A veces, nos dan miedo ciertos comportamientos de los jóvenes que no siempre corresponden a su mundo interior, a menudo en búsqueda de signos de paz, de esperanza, de respeto a las diferencias culturales, religiosas, profesionales. Con corazón “salesiano” debemos creer que en cada uno de ellos hay un “punto accesible al bien” que sostiene nuestro compromiso educativo a favor de la justicia, la paz, la integridad de la creación y de la defensa de la vida (cf. Actas CG XXIII, n. 63). Las experiencias de voluntariado son para las/os jóvenes una excelente oportunidad para ayudarles a crecer en la capacidad de diálogo intercultural, a dejarse transformar en el encuentro con los más pobres, sintiéndose implicados en la construcción de una cultura de paz.
Somos conscientes de que la familia es el primer lugar donde se educa a la paz. Y sin embargo, no puede afrontar sola el desafío de la no violencia y de la paz.
Como comunidades educativas tenemos una gran responsabilidad. Os propongo algunos elementos de un camino que puede ser útil en este mes mariano:
o Educarnos y educar a vivir juntos, es decir, educar en una perspectiva de diálogo intercultural e interreligioso, donde la variedad de culturas es considerada fuente de enriquecimiento y la diferencia es un bien a tutelar, no una amenaza de la que defenderse;
o educarnos  y educar en una óptica de inclusión,  acogiendo a cada persona sin parcialidad y promoviendo los derechos humanos fundamentales, en una sociedad donde a menudo son ignorados con formas inéditas y deshumanizantes;
o educarnos y educar a vivir relaciones de calidad, fomentando en toda ocasión una cultura de la vida, del diálogo y del compartir, superando el individualismo y el funcionalismo de las relaciones;
o cultivar la actitud de decir palabras de bendición que expresan simpatía por cada persona y por su verdadero bien, más que la afirmación de sí.
Permitidme hacer resonar la conclusión de la llamada por la Paz, proclamada en Asís el 20 de septiembre 2016, con ocasión del encuentro de oración en el que participé en nombre del Instituto: “Se abra finalmente un nuevo tiempo, en el que el mundo globalizado llegue a ser una familia de naciones. Se actúe la responsabilidad de construir una paz verdadera, que esté atenta a las necesidades reales de las personas y los pueblos, que prevenga los conflictos con la colaboración, que venza los odios y supere las barreras con el encuentro y el diálogo. Nada se pierde, practicando el diálogo. Nada es imposible si nos dirigimos a Dios en la oración. Todos pueden ser artesanos de la paz; en Asís renovamos con convicción nuestro compromiso de serlo, con la ayuda de Dios, junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.
Queridas hermanas, fomentar una cultura de paz no es sencillo, pero es posible si nos formamos juntos, jóvenes y adultos, en el estilo del Evangelio y nos dejamos guiar por María, Mediadora de paz, de armonía, de fraternidad. La paz comienza en el corazón de cada una de nosotras, de cada joven, de cada persona que comparte nuestra misión.
Ayudadas por María vivimos el da mihi animas cetera tolle con la pasión de Don Bosco y Madre Mazzarello, y encontramos en lo más profundo del corazón la alegría de ser nuevas criaturas dispuestas a acoger esos gérmenes de bien que pueden hacer florecer la verdadera alegría en nosotras y a nuestro alrededor.
Esto esperan las/os jóvenes, este es el sueño de Dios sobre nosotras, sobre nuestro Instituto, la Familia Salesiana y las comunidades educativas, sobre cuántos están comprometidos a ser pacificadores a costa también de perder la vida. Estoy segura de que no queremos decepcionar al Señor.
Os deseo un gozoso mes de mayo con la bendición del Señor y de María Auxiliadora.

Roma, 24 abril 2017

Aff.ma Madre
Sor Yvonne Reungoat fma