III Domingo de Cuaresma

samaritana1Comenzamos la tercera semana de Cuaresma. Las lecturas continúan marcándonos el camino.
En la primera lectura hemos escuchado cómo el Pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto pasa dificultades, pero Dios sale a su encuentro y no lo abandona a su suerte.

Como dice San Juan Pablo II:
El largo viaje de los israelitas por el desierto sirve de contexto inmediato al pasaje del Éxodo. Una de las dificultades mayores presentadas por un viaje en el desierto a un pueblo tan numeroso, que llevaba consigo rebaños y ganado, fue ciertamente la falta de agua. Por esto es comprensible que, en los días en que el hambre y la sed se hacían sentir de modo más agudo, los israelitas añoraran Egipto y murmuraran contra Moisés. Dios, que había manifestado de tantos modos su particular benevolencia para con aquel pueblo, exige ahora la fe, el abandono absoluto en Él, la superación de las propias seguridades humanas. Y precisamente en el momento en que el pueblo no puede contar ya con sus propios recursos, está extenuado y abatido, y alrededor no hay más que la desnuda roca estéril y árida y sin vida, interviene Dios, se hace presente y hace brotar de esa roca agua abundante que da la vida.
Cuando todo parece difícil o muy oscuro y has gastado todas tus fuerzas es cuando Dios aparece y sale en tu auxilio, pero te tienes que confiar en Él.
El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas.
Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida.
El tema de la sed y del agua aparece numerosas veces en las tradiciones del desierto.

Hoy el Evangelio nos habla del encuentro de Jesús con la Samaritana en el pozo de Sicar.
Para iniciar el diálogo Jesús le pide agua a la Samaritana, en realidad Jesús ha visto la necesidad de ella de ser escuchada, conoce su difícil realidad y entabla dialogo con ella.
Jesús le va a ofrecer de un agua que si bebe no tendrá sed jamás, una fuente de agua viva que solo puede ofrecer Él.
El encuentro con Jesús no deja indiferente a la Samaritana, le ha abierto el corazón
Jesús cuando ve una persona va adelante porque ama, nos ama a todos, no pasa de largo jamás ante una persona por prejuicios. Jesús pone a la samaritana frente a su realidad, no juzgándola sino haciéndola sentir considerada, reconocida, y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.
Estas palabras del Papa Francisco dan la clave de este encuentro y de muchos encuentros que tuvo Jesús a lo largo de su vida pública.
Mira con los ojos del corazón, como solo Él sabe mirar, estos encuentros cambian a las personas, como ocurrió con la Samaritana, eso le cambió la vida .
Concluyo con una Parábola anónima que me parece muy ilustrativa de la presencia de Dios en nuestra vida.
Una noche soñé que caminaba por la playa con Dios. Durante la caminata, muchas escenas de mi vida se iban proyectando en la pantalla del cielo. Con cada escena que pasaba notaba que unas huellas de pies se formaban en la arena: unas eran las mías y las otras eran de Dios. A veces aparecían dos pares de huellas y a veces un solo par. Esto me preocupó mucho porque pude notar que, durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes de mi vida, cuando me sentía apenado, angustiado y derrotado, solamente había un par de huellas en la arena. Entonces, le dije a Dios:
“Señor, Tú me prometiste que si te seguía siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había sólo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado?
Entonces Él me respondió:
“Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas es porque yo te cargaba en mis brazos…”.
Dejémonos mirar por Dios y bebamos de su agua viva, nunca tendremos sed y nos cambiará la vida como hizo con la Samaritana.
Que la Eucaristía y la Palabra sean para nosotros esa fuente de agua viva que nos hará dar el salto a la vida eterna, pidamos a nuestra madre Auxiliadora que tengamos la fe suficiente para confiar ciegamente en Dios que nunca nos abandona, y menos en los momentos de dificultad.

Alberto López Escuer